
Comencé por intentar cambiarme.
Ser lo que él deseara, lo que él necesitaba.
Quería ser lo mejor para él porque lo amaba.
Porque quería que me amara aún más por haberme superado a mi misma.
Quería demostrarle que yo también podía.
Y se enorgulleciera de mí.
Así empecé mi primera batalla, mi primera jugada.
Al igual que un tablero de ajedrez. Hice mi primer movimiento.
Y de alguna forma volvía a cometer el mismo error una y otra vez.
El mismo.
Me preguntaba a mi misma ¿qué era lo que me pasaba?
¿Por qué volvía a lo mismo?
Y aun así volvía a intentarlo.
Porque quería hacerlo. Quería serlo. Con todas mis fuerzas.
Y no era fácil, porque dolía.
Dolía intentarlo y no lograrlo.
Dolía sentir que defraudaba una y otra vez a la persona que más amaba.
A la que quería darle y entregarle todo lo que pidiera.
No solo lo desilusioné a él. Sino que me estaba negando a mí misma.
Tarde.
Fue muy tarde, cuando me di cuenta que no eran errores.
Ya había arruinado todo en la primera jugada.
Una mala jugada habría cambiado todo. Y no había forma de volver atrás.
Esos errores: Era ser yo.
Era solo mi forma de ser.
Mi esencia.
Lo que jamás podría cambiar.
Nunca antes había aceptado ser como era.
No supe comprenderme, ni entenderme.
Y a la misma vez, él tampoco. Porque ni yo lo hacía.
Porque acepté siempre ser un error. Sentir que era una equivocación todo lo que hacia.
Sin hacerle comprender el por qué de ese supuesto error.
Nunca le hice ver lo que yo pensaba.
Porque nunca quise ser yo.
Tarde me di cuenta que no podría moldearme como a una obra.
Tarde, para un: Nosotros.
Pero no para un: Yo.
Ahora sé que solo puedo perfeccionarme, pero coexistiendo con lo que ya soy.
Sé que aquel efecto mariposa debía pasar.
Para que me viera a mi misma.
Y no me culpo, ni lo inculpo.
Fue tan solo una mala jugada. Que terminó con el juego.